El lugar de las batallas

lugar-batallas_CLAIMA20140809_0065_14Entrevista. Emilio García Wehbi vuelve a su mirada política del cuerpo con una performance teatral que materializa un texto filosófico de Jean-Luc Nancy.

POR IVANNA SOTO // LINK REVISTA Ñ

El cuerpo expuesto, el cuerpo desnudo, el cuerpo singular, el cuerpo inaprensible. Ser un cuerpo, sentirlo, padecerlo, aceptarlo, amarlo. La corporalidad recorre toda la obra de Emilio García Wehbi, en todos los aspectos y en todos los soportes con los que trabaja: teatro, ópera, performance, instalación teatral, intervención urbana o literatura. Porque el cuerpo, dice, es el lugar donde se inscriben todas las batallas que el hombre da en el mundo: consigo mismo, con el otro, desde el amor o el odio, como ser gregario. Wehbi las vuelve arte.

En contra de los mandatos sociales y políticos en términos de belleza, salud y roles sociales, su última performance, 58 indicios sobre el cuerpo –una transposición de los indicios del filósofo francés Jean-Luc Nancy a la escena–, explota la potencia de cada parte y del todo en una coreografía cíclica donde 58 aproximaciones arbitrarias sobre el cuerpo y el alma se materializan durante tres horas de función. En ese inventario de tipos humanos dentro de un tiempo y un espacio obsesivamente regulados, cobra valor el propio cuerpo y el ajeno con sus propias formas, sus necesidades y sus cicatrices.

Desde otra perspectiva, lo mismo hace Wehbi en Luzazul, la ópera con música de Marcelo Delgado estrenada en 2013 en el Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC), que acaba de publicar en soporte libro. Con la incorporación de fotos que fueron parte de la puesta en escena, esta versión escrita de Luzazul (Ediciones Documenta/Escénicas), se abre como un telar, siguiendo ese valor de la intervención, de la mezcla de formatos. Versión del arrollador poema “Tres mujeres” de la escritora estadounidense Sylvia Plath, allí Wehbi se separa de sí mismo para sentir desde otro. En este caso, tres mujeres que viven el embarazo de tres maneras distintas, siempre corridas del imaginario maternal que tanto le pesa al ser femenino.

–Tanto en 58 indicios… como en Luzazul hay un corrimiento del cuerpo disciplinado.
–En todo mi trabajo hay una mirada política del cuerpo, en el sentido de la relación del cuerpo con el sujeto y con el mundo. En 58 indicios… el deseo era que el espectador empezara a sentir en su cuerpo que puede tener necesidades fisiológicas, entrar y salir, ir al baño, aburrirse, dormirse, sentirse fascinado, excitarse, pero que sea un cuerpo. Que el espectador entienda como cuerpo, que la expectación sea no sólo sensible sino también orgánica. Lo que buscamos fue tratar de subjetivar los cuerpos, recuperar la potencia y mostrarlos como tal sin veladuras.

Luzazul es una suerte de contracara de esa potencia, ¿no es así?
–En Luzazul también hay un corrimiento, no del mismo tipo que 58 indicios… , sino que vuelve evidente una diferencia de relación, de posibilidad, de comportamiento, de política, entre el cuerpo del género masculino y el femenino. Si bien es cierto que en la actualidad se ha ido hacia otros lugares, no deja de ser todavía el cuerpo de la mujer muchísimo más castigado que el del hombre.

–Lo femenino es un tópico recurrente en tus trabajos. ¿A qué se debe?
–Todo lo que sea diferenciado: la raza, el género, lo social, son temas que me han interesado para entenderme como un otro puesto en ese lugar. Me interesa trabajar con lo que sale de la norma. Y, por llamarlo de una manera, lo femenino es una primera minoría. Yo soy un varón blanco, heterosexual y de clase media, que probablemente no representa a ninguno de estos tópicos, pero eso no significa que no pueda asumir su voz.

–¿Cómo fue el cambio desde tu posición de autor para hablar sobre esa cuestión tan particular como son las tres posturas frente a la maternidad desde lo femenino?
–Cuando uno trabaja en poética, busca hablar desde uno, por el otro. Hace un gesto de representarse en el otro, de imaginar desde sus parámetros cómo puede sentir, amar, sufrir. En este sentido, la estrategia fue qué imagina un varón blanco heterosexual sobre lo que puede atravesar por el cuerpo, la sensibilidad y la cabeza de una mujer en esa situación de indefensión e incógnita y además sometida por un mandato. Hay un disciplinamiento brutal por parte de las leyes y las estructuras sanitarias, políticas y sociales a ese cuerpo que está en ese proceso de cambio. Hay un deber ser madre, un deber aceptar la maternidad como de lugar, sea producto de una violación o un descuido. Que el aborto esté prohibido va en contra de cualquier lógica en relación a que nadie puede legislar sobre mi cuerpo. Mi cuerpo es mío y con él hago lo que quiero. Entonces la transposición de imaginar a un otro en semejante violencia no fue tan difícil. La sociedades no se superan hasta que no se superan, no hasta que enuncian que se superan y decimos qué progresistas que somos.

Luzazul está especialmente dedicado a Romina Tejerina, que como muchas, es mujer en la pobreza. ¿Presentar estas posturas frente a la maternidad en el CETC fue una provocación?
–Los que siempre terminan sometidos a los rigores de la ley de la forma más brutal son aquellos que no tienen posibilidades, tanto económicas como culturales. Si bien el CETC no es lo mismo que el Teatro Colón, tiene una representación en un sector social específico. Para mí era interesante que Luzazul se hiciera ahí en términos simbólicos. Ese texto que está dedicado a una mujer de clase social baja, semi-analfabeta, semi-indígena, madre y asesina de su hijo como respuesta brutal a una violación, me parecía interesante como gesto de provocación. Aunque sea para que quede en el récord de la historia del Teatro Colón.